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Mostrando entradas de junio, 2016

La plaza

PASÓ años alimentando palomas en la plaza, tanto así, que las aves se acostumbraron a su compañía y lo seguían, incluso, hasta la casa, cuando el jubilado regresaba a media tarde. Ida y vuelta, cada día, una bandada surcaba los cielos tras la huella del hombre. Pero el tiempo fue mermando al viejo, restándole fuerzas y multiplicándole lágrimas, y ya no era capaz ni de cruzar el jardín. Solo una mañana no sintió pena y fue cuando, tras meses de ausencia, las palomas vinieron por él, lo alzaron por las nubes, y lo llevaron al único destino que les pertenece.

Nueva rutina

CADA noche mi papá vuelve sonriente. Nos saluda, enciende la pipa y se sienta frente al televisor. Desde el accidente laboral, que su rutina se ha vuelto más apacible. Ya no se irrita por pequeñeces, se lo toma todo con humor. A tal punto, que le da por reírse bien fuerte viendo series cómicas. Y esto es un problema, y no porque no nos guste (de hecho lo queremos más ahora a como era antes), sino porque no nos deja dormir. Es entonces cuando alguien se acerca y le recuerda que está muerto y que ya es hora de irse.

“Nosotros lo llamamos”

-¿DÓNDE estoy, qué hago aquí? -¿No se acuerda de mí? ¡Qué se va acordar! Yo soy uno más de todos esos candidatos que olvida. -Por favor suélteme. -Me prometieron que me iban a llamar. Y sigo esperando. ¡¿Tengo o no tengo el trabajo, viejo de mierda maleducado?! -Joven... -Tome -le pasa un ladrillo-: llámeme y diga que estoy contratado. -¿Qué? -¡Dígame que reúno todos los requisitos, y que el puesto es mío! -Aló. -Hola. -El puesto es suyo. -¡Hijo de puta! -lo patea-. ¡No me lo creo! ¡Dígalo con convicción! -¡El puesto es suyo! ¡Suyo! -¿Pues sabe qué? ¡Lo rechazo!

El lector, como siempre, tiene la última palabra

EL INÚTIL de la familia, una vez más (antes le robaba), logró sacarle dinero a la mamá para ir a drogarse. Tiene aprendido su papel de enemigo: grita, amenaza, golpea muebles, sabe que infunde miedo y tiene la victoria asegurada. No hay cómo convencerlo de que busque aspiraciones significativas para su vida, que trabaje, que le tome aprecio y cariño a otras cosas. Y así, enceguecido, sale de casa.
¿Qué hacemos con él? Ahora va camino donde un narcotraficante. Por mí que lo atropellen. Pero ese soy yo. Mi trabajo termina aquí. El lector, como siempre, tiene la última palabra.

El tren

EL NIÑO salió de madrugada en busca del tren que, durante noches, lo mantuvo con insomnio: no sabía si esos bocinazos que irrumpían a la distancia, esos que hacían aullar a los perros, correspondían a un tren real o a uno fantasma. Y como a él le encantaban los misterios (incluso se los inventaba), resolver esta duda lo motivaba lo suficiente para enfrentar cualquier peligro. No avisó ni dejó una nota indicando a dónde iba, pues supuso que estaría en casa antes del amanecer. Sin embargo no, el niño no volvió más. Pero por lo menos pudo resolver su duda.