El drogadicto

SE DURMIÓ con el anillo en la camisa. Acostado boca abajo, se lo incrustó en el pecho el muy imbécil. El dolor lo despertó de madrugada. En la cocina, el despreciable, tragando algo antes de partir a venderlo, se cruzó con la dueña de lo robado: "Hijo, tengo el corazón hecho polvo: perder ese regalo es como perder a tu abuela dos veces". Se hizo el sordo y salió disparado a la calle.

Al cabo de unos minutos, el sinvergüenza volvió muy campante: “Le encontré el anillo, estaba detrás del macetero, en el jardín".

Pensó en cobrarle recompensa, pero no.

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